La nube (Capitulo VI)

Abrumado, el Sr. Parker había cerrado los ojos, mientras la cremallera era abierta, pero no pudo evitar oír al forense.

– Adelante, puede comprobarlo.

Suspirando, asintió con un movimiento de cabeza y comenzó a levantar los parpados. Rapidamente, sus ojos quedaron inundados en lágrimas de perdida, de rabia y horror.

– Sí, es el.

Confirmó al forense, que anotó con gesto grave.

El cuerpo era practicamente irreconocible. Se adivinaban las vestimentas, restos de lo que podrían haber sido un pantalón de chandal y una camiseta. Algunos pelos todavía sobresalían de un cuero cabelludo ennegrecido, así como parecían no haberse consumido pequeñas areas de una barba de varios días.

– Clark Parker, varón de 33 años…

Comenzó a detallar el forense, haciendo mención a los datos que contenía el carnet de conducir que había entregado al supuesto padre de la victima.

– Sí, sí, es correcto. No lo entiendo…

Continuó el señor Parker, apretando el carnet entre sus manos.

– Lo siento caballero, no puedo darle más información.

– ¿ Podría repetirme como ha sucedido?

– Sí, claro. Según el informe que me han entregado, el coche en el que viajaba perdió el control y se estrelló contra un poste electrico. Se produjo un fuego en el motor para cuando llegaron los sanitarios, y estos solo pudieron recuperar el cuerpo.

– Pero si casi nunca cogía el coche.

– El informe…

– No lo entiendo! Adonde se dirigía!?

– Yo, no lo se Sr. Parker. El infor…

– No pone en ese maldito informe en que carretera se accidentó?

– Oh, cierto. Ehm..en la estatal 2, en dirección al lago.

Tras haber envejecido diez años en treinta minutos, el Sr. Parker quedó en silencio, meditabundo.

– Caballero, si no tiene más preguntas…

– Una ultima cosa!

– Si?

– Cuanto tardaron en llegar los sanitarios?

– Aqui dice que 15 minutos desde el aviso.

– Aviso??

– Un conductor anónimo dió aviso del accidente desde un teléfono de carretera.

Al observar como su interlocutor regresaba a sus pensamientos, el forense se despidió apresuradamente y abandonó la sala.

De repente, Mr. Parker se percató de que el forense no había cubierto el cuerpo, así que lo tapó el mismo. Entre sollozos, arrastro su mano por el plástico que cubría el cadáver hasta llegar a la mano derecha. Acarició los inertes dedos, hasta que, llegado al meñique, notó algo extraño. Confundido, levanto el plastico y tanteo el dedo calcinado, mientras su ceño se fruncía y sus mandibulas se contraían con fuerza.

– No.

Concluyó, convencido, y se levantó para ir a hablar con el forense.

Ya en el hall, al no divisar al médico que había hablado con el, Mr. Parker decidió preguntar a la recepcionista.

– Hola señorita. Estoy buscando a un forense que ha estado tratando conmigo dentro.

– Su nombre?

Cuestionó la joven sin levantar la mirada.

– Clark Parker Senior.

La recepcionista alzó la mirada, nerviosa, y rapidamente cambio la pregunta.

– No, no, ehm.., me refiero al nombre del forense que busca.

Extrañado, el señor Parker se esforzó por recordar algo del hombre a quien apenas había prestado atención visual.

– Yo no…no recuerdo su nombre..

– Señor, si no me dice el nombre..

– Rubio..ojos azules!

Exclamo Clark Parker Sr. conforme iba recordando rasgos del médico. Un momento despues, la recepcionista, con una sonrisa ladeada dibujada en los labios, le indicó:

– No hay ningún forense rubio trabajando hoy aqui, caballero.

– Que?! Eso es imposible!!

Mr. Parker estaba furioso, como no recordaba haberlo estado nunca. Su autocontrol comenzaba a desvanecerse, pero atisbo algo con el rabillo del ojo. Varios celadores lo observaban, intranquilos, y un policia, que parecía acompañar a una chica joven, se había girado hacia el y comenzaba a acercarse.

Algo aconsejaba a Mr. Parker irse, así que, frustrado, dejo escapar un quejido y se dirigió hacia la puerta, apremiando el paso una vez estuvo en el exterior. Entró en su coche, arranco y se incorporo al trafico, tras un ultimo vistazo por el retrovisor, que le permitió contemplar como el policía hablaba con uno de los celadores junto a la puerta, hasta que otro coche que abandonaba el aparcamiento se cruzo en su campo de visión.

– No!

Volvió a decirse a si mismo, con rotundidad, mientras se olvidaba del retrovisor y el coche, ahora detrás suyo, y dirigía su vista hacia el dedo meñique de su mano derecha.

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