La nube ( Prólogo )

– Apostaria que el arquitecto lamento tener semejante vista solo desde una repisa.

No era un mal pensamiento para un hombre sentado en el exterior de una ventana a más de 70 metros de altura. Y no era incierto. La playa, en toda su extensión, y en ese momento en que el atardecer convierte el cielo en un poema de amor y melancolía, era un espectaculo inigualable. Jim podía observar a las gaviotas danzando en el aire, y aún mas abajo, a la gente paseando sobre la arena, pero sus ojos le transportaban una y otra vez al relajante serpentear de las olas.

Pasado un tiempo que, a juzgar por el ensoñamiento de Jim, podía haber sido un puñado de minutos o decenas de horas, un ruido lo trajo de vuelta a la realidad. Golpes en la puerta de la habitación contigua. Jim intento aguantar el creciente sonido de su respiración, esperando que el servicio de habitaciones se hubiese equivocado de planta. Mientras acercaba el oido a la ventana, la puerta se derribo con estrepito, y el viejo periodista tuvo que hacer un esfuerzo para ahogar un grito. Eran ellos, de nuevo habian dado con el, y esta vez no tenía forma alguna de escapar.

La desesperación hizo por fin mella en el anciano, que intento desplazarse a lo largo de la repisa para alcanzar una tubería a la que asirse. Tras el primer movimiento, Jim se balanceaba con una pierna en el aire, y el esfuerzo para volver a equilibrarse en su anterior posición terminó de convencerle.

– No hay otra opción.

Susurro, mientras el rostro se le contraía en un rictus que demostraba miedo y resignación a partes iguales. La humedad comenzaba a invadir sus ojos cuando otra puerta pareció estallar en mil pedazos. Era la puerta de su habitación, y cuando las astillas alcanzaron el suelo, 4 hombres enfundados en elegantes trajes negros entraron en la sala, inspeccionando el lugar con vistazos cortos y rapidos. La cortina preservaba el escondite de Jim, que parecia ajeno a lo que estaba sucediendo al otro lado de la ventana. Con un gesto de decisión busco en los bolsillos de su chaqueta hasta encontrar su navaja suiza y un pequeño objeto de color metalico, del tamaño de un mechero. Una sonrisa irónica cruzo la faz del anciano al abrir la vieja hoja de la navaja.

– Seria emocionante…

pareció confesarse a sí mismo,

– …e inutil.

se corrigió al momento. Despues de secarse el surco que habian dejado las lagrimas, comenzo a rascar el pequeño objeto con la navaja, marcando una silueta en el, hasta que un grito de rabia, que procedía del interior de la habitación le sobresaltó. Jim resbaló ligeramente, se corto en el brazo que sujetaba el objeto y golpeo con la espalda en la ventana. Una voz autoritaria resono al otro lado de la ventana, mientras el periodista metía, torpemente, el objeto con la silueta grabada en un paquete de Kleenex, y lo arrojaba a los jardines del hotel, situados frente a la playa. Observando el aterrizaje de la rudimentaria «nave», una extraña sensación de alivio invadió a Jim en ese momento.

Un instante despues uno de los hombres trajeados corrió la cortina  y tiro de la ventana hacia adentro, mientras otro de ellos gritaba a Jim desde el fondo de la habitación:

- Donde esta!! Entreganoslo!!

Sonriendo, Jim consiguio levantarse y abrir los brazos, al tiempo que el rostro del hombre que le exigía a voz en grito comenzaba a mudar en una mascara de terror.

– Detenlo!! Agarra a ese idiota!!

ordeno a su compañero, aquel que había abierto la ventana, que inmediatamente estiro los brazos para agarrar al anciano. Demasiado tarde.

– Que bello atardecer.

penso Jim, mirando a las nubes bañadas en rojo, naranja y azul, mientras caía desde la repisa.

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