Gnome Story (I)

La vieja estantería aún se mantenía en pie, gracias a un par de ingenios mecánicos. En ella descansaban casi todos los libros de hechizos que había ido estudiando o escribiendo a lo largo de los años. Era, despues de tanto tiempo, una fiel metafora de aquello en lo que me había convertido. Avejentada, mal conservada, y, sin embargo, sostenida por elementos tan avanzados que no podrían comprarse en las capitales humanas. No podía negar mis orígenes….aunque no creo… que ellos quisieran reconocerme… ¡¡ni falta que hacía!!

– Maestro!! Maestro!! Anciano Seedo!!

Los golpes en la puerta y el despliegue vocal de Mekad me habían devuelto a la realidad. No pude evitar fruncir el ceño y mascullar una maldición, últmamente pasaba demasiado tiempo divagando, aunque no quería reconocer porque.

-Ya voy Mekad, ya voy, calla de una maldita vez.

Tras la puerta esperaba un joven que había insistido durante meses para que le admitiera como alumno. En realidad nunca había enseñado, no creí estar capacitado para ello, pero no estaba de más tener alguien cerca, despues de tanto tiempo. Mekad vivía 19 casas al norte, en la avenida de los artesanos. No era mucha distancia, y sin embargo el joven parecía a punto de desfallecer.

– Calmate y dime que quieres.

– Es la guerra, maestro!! La guerra se acerca!!

La guerra.. La aparente seguridad que ofrecía la capital conseguía que a veces olvidase lo que ocurría más alla de sus petreos limites. Un instante despues de recibir la noticia, me encontre a mi mismo sorprendido y preocupado; no esperaba que los acontecimientos tomaran este curso. Sin proponermelo, comenze a pensar en mi familia, pero cerre esa puerta en mi cabeza tan pronto como me fue posible. Al cruzar los ojos con los del chiquillo, volví a templarme.

– Tranquilo, Mekad, estamos a salvo, nunca llegaran hasta aqui.

– Pero maestro! El alto hechizero Nudsah ha desaparecido!!

– Eso has oido? Nudsah? … Bah! No te preocupes, Nudsah es un hombre excentrico. Probablemente algo llamó su atención y se concentró en hacer un estudio sobre ello.

Aunque conseguí calmar al agitado joven, mis palabras estaban vacías. Cualquiera podía ser victima de la guerra, pero, Nudsah? Era algo preocupante. Hacía ya tiempo que no llegaban noticias del frente, y desde la unión con los enanos, el optimismo había hecho hogar aqui, en Kharad. Decidí recopilar algo de información por mi mismo, y, tras despachar a Mekad de vuelta a su casa, abrí el armario para ponerme algo mas discreto que mi toga rúnica. Resultaba curioso, tanto tiempo despues, una figura como la mía seguía siendo mas respetada entre los toscos enanos que entre los de mi propia raza.

Los tugurios de la capital enana no eran precisamente locales refinados. Tras sortear los clientes borrachos que haya esparcidos por el suelo del local, esquivar los dientes que vuelan de un lado a otro fruto de las continuas peleas y aguantar el aliento del tabernero, uno puede acabar siendo victima de cualquiera de sus canciones. Sin embargo, no hay un sitio mejor para obtener información. Como si la embriagada charla amistosa de los bulliciosos enanos no fuera suficiente, aqui puedes encontrar personajes de toda estirpe y profesión. Y más de uno estara dispuesto a traficar con el conocimiento de lo ajeno. El ambiente, pese a las malas noticias que me había comentado Mekad, era el habitual, aunque Ramarod, el tabernero, lucía un semblante mas oscuro de lo que cabía esperar. No lo dude y me acerque a la barra.

– Saludos, buen posadero.

– …

– Ramarod, estas sordo o solo borracho?

– Eh? Ah, si. Hola, anciano. Que deseas tomar?

– Anciano?! Tiene gracia, porque tu eres 15 años mayor que yo. Tu complexión no te da derecho a tratarme de esa manera. Es por la barba? Quizas sea la barba. Es cierto que hace mucho que no la recorto, pero yo no tengo tiempo para esas cosas. Crees que debería recortarmela?

– …Sí, sí, recortala…

– Ramarod, puedo soportar que me llames anciano, pero tu profesionalidad esta quedando en entredicho. Quieres decirme que ocurre? Acaso has oido algo preocupante? El frente?

Los ojos de Ramarod se abrieron de par en par, como si hubiera escuchado alguna maldición y se clavaron en mi. Quizas había sido demasiado directo, pero era evidente que no había errado el disparo.

– Que dices anciano?! Sabes algo del frente? Dimelo!

– Calmate, enano. Podemos hablar, tranquilamente. Dejale los bartulos a tu ayudante y vamos a la trastienda.

De haber conocido el lugar, habría soportado algún oido curioso. La bodega del local era un cuartucho pequeño y oscuro. El lobrego ambiente no ayudaba a relajar los nervios de mi interlocutor. Ramarod dispuso dos taburetes frente a un barril de cerveza vacío y encendio un par de velas. Las arañas volvieron a esconderse entre los listones que conformaban las paredes.

– Desembucha de una vez, Seedo.

– No seas impaciente amigo, no ha llegado aún el momento de dejarnos llevar por la histeria. Ya sabes que las noticias no son esperanzadoras.

El gesto de Ramarod se contrajo en un rictus compungido.

– Lo se.

– Pero no hay que perder la confianza, las guerras tienen un curso discontinuo, a los retrocesos le seguiran avances.

– Llevo mucho tiempo escuchando frases como esa, Seedo, como para seguir creyendo en ellas. Nudsah ha desaparecido, y cada vez es más dificil ver a Lifbar fuera de la sala central. Nada ha ido a mejor desde la maldita batalla de pthoros.

En realidad, Ramarod tenía parte de razón. Desde que se produjo la unión entre gnomos y enanos, todas las batallas resultarón sorprendentemente sencillas hasta que los trolls se refugiaron en el bosque de pthoros. Ninguno de los heridos que regreso de aquella batalla era capaz de explicar, sin que parecieran estar bajo los efectos de la birra enana, lo que ocurrió entre la espesura. Algunos hablaban de una especie de vasijas que emitian un gas tóxico. Otros describian, entre sollozos y maldiciones, batallones de golems de piedra surgiendo de las lineas de retaguardia del enemigo. Ninguno pudo dar algun dato que los estrategas militares pudieran tomar en cuenta para planificar un nuevo plan de ataque. De hecho, y para empeorar aún más las cosas, los rumores y tabúes surgidos tras la batalla habían terminado por convertir, practicamente, el bosque de pthoros en un lugar maldito. La mayoría de los soldados rehusaba adentrarse en el, y las escaramuzas sufridas al intentar rodearlo habían dejado en punto muerto el avance de la unión enano-gnomica. El retroceso que anunciaban los nuevos informes probablemente causaría una oleada de catastrofismo en la ciudad; tenía un buen ejemplo de ello delante de m…

– Y ahora me entero, gnomo loco, de que mi primo Khurgen ha enloquecido, y no para de divagar, contando tonterías acerca de la vuelta de un tal fuegonegro y de su ascenso entre los mortales. Bah! Mi primo Khurgen! El erudito de la familia! Loco como una maldita cabra!

– Es sorprendente, desde luego, Khurgen es uno de los enanos más cerebrales que he conocido. Pero la guerra es muy dura, Ramarod. Puede ser un episodio pasajero, en cualquier caso..

– Ja! Pasajero! La esperanza ya ha abandonado esta causa, Seedo, no te esfuerces. El mensaje del médico militar hablaba de ligeros cambios en la tez de Khurgen…de pupilas dilatadas…temblores…

– Podría tratarse de…

– Ah si! Mencionaba también una consulta a los comandantes del escuadrón arcano, por ciertos…sintomas inesperados..

– Que? Intere…quiero decir, es extraño.

– Extraño? Es una locura! Un enano sobrio no habría imaginado semejante delirio. Troggs y magia relacionados! A donde vamos a llegar?! Nuestros antepasados debían estar locos para aceptar la construcción de esa maldita escuela elfa y…oh…sin ofender, claro..

– No hay problema. Debo hablar con alguien…

– Ey! Tu cerveza! Seedo!

– Guardamela.

– Como que guardamela!? La pondre en tu cuenta!

– Guardamela en la cuenta entonces!

– Que?! Ahg, maldito gnomo…no tienes ninguna cuenta. Magos…en fin..

Para cuando Ramarod decidió que la cerveza no debía desperdiciarse, yo ya estaba lejos de su taberna. La arquitectura enana era un fiel reflejo de sus creadores. Fuerte, resistente, elegante y sencilla, pero, sobre todo, ordenada. La disposición de los edificios, el trazado de las calles, la altura y la anchura, todo respondía a un patrón, nada se improvisaba, salvo deshonrosos casos asociados a la ingesta de cerveza. Así, llegar desde una taberna en el cinturón externo de la ciudad a la sala de mando, prácticamente el centro geométrico del reino enano, no suponía mas que una caminata en linea recta.

Mientras pensaba en el desazón de Ramarod, un enano feliz por vocación, no pude evitar fijarme en los relieves que decoraban las columnas, como hojas en un bosque frondoso. De corte sencillo, los diseños transmitían una vivacidad que no admitía comparación en el mundo conocido. No era sorprendente si uno creía haber oído gritar a guerreros con hacha en mano mientras paseaba por un callejón solitario. De repente choque con lo que pensé era una columna, que extendió dos brazos para evitarme una aparatosa caída.

– Deberías mirar por donde vas, mago.

– Si, señor. Tiene usted razón, discúlpeme.

Nadie mas en toda la ciudad, salvo quizas Rirri el perturbado, seria capaz de golpearse contra el rey de Kharad y llevarse poco mas que una mirada de reproche, pero Lifbar tenia demasiados asuntos en la cabeza y demasiado poco tiempo como para exigirme una cerveza a cambio.

– Supongo que quieres ver a Gal-Eorn..

– Su majestad es perspicaz.

– Puede ser, pero eso no nos esta siendo de mucha utilidad.

– Tened paciencia. Vuestro pueblo es fuerte, y confia en su regente.

– Lo que me preocupa, Seedo, es no saber si la fuerza puede ganar esta guerra.

Era una cuestion acertada, y no disponia de argumentos para responder algo que pudiera animar al monarca. Instintivamente, asentí con gesto grave y baje la cabeza.

– Agradezco tu sinceridad y tu intención, Seedo. Sigue tu camino, es probable que tu experiencia nos sirva de algo en este momento.

– Gracias, majestad.

La sala central de Kharad era un edificio sobrio, pero imponente. Sus recias columnas se elevaban dibujando un circulo hasta una bóveda, en la que un relieve transcribía, en círculos concentricos, los mayores hitos de la historia enana. Las más antiguas leyendas daban paso a la historia documentada, y el tiempo fluía hacía la pared posterior, descendiendo al encuentro del trono.

Tras un fugaz instante de admiración, fui hasta la alcoba arcana, un pequeño arsenal acondicionado para los consejeros arcanos del rey desde la introducción de la magia en la cultura enana. El acceso a la habitación más bien parecía un portal a otra dimensión. Ajena al trabajo del cincel, la única decoración consistía en dos tapices colgados en las paredes norte y sur, con los símbolos de las dos escuelas arcanas, fehu y Ansuz, coronando las escenas.

Gal-Eorn era el último de los magister elfos que otrora se desplazaran a Kharad para regular y observar la enseñanza y el uso de las artes arcanas en el mundo enano. Alto e inusitadamente corpulento para las medidas de su raza, era, sin embargo, un ejemplo de sabiduría y paciencia. Nadie conocía su edad exacta, pero se decía que era tan antiguo como los relieves de la propia sala de mando.

– Tienes el pelo más blanco desde la ultima vez que te vi, Gal.

Entregado hasta entonces a la lectura de una recopilación de conjuros, Gal-Eorn alzo la vista para descubrir una expresión mezcla de cansancio y frustración.

– Ah, mi pequeño amigo. Que te trae por aquí, aprendiz?

Una sonrisa burlona se dibujo en el rostro avejentado del majister. Los Gnomos vivimos una décima parte que los elfos, por norma, y desde que fuera aprendiz de Gal-Eorn, mi pelo había ganado casi tanto blanco como el suyo.

– Tan sutil como siempre. Me he enterado de las ultimas novedades en el frente y pensé que podría ser de alguna utilidad por aquí.

– Agradezco tu intención, Seedo, pero lo cierto es que…espera… quizás podrías hacer algo por mi.

– Lo que necesites. Investigar a algún soldado? Probar un contrahechizo? Desarrollar un escudo?

– No, espera.

– Mejorar un arma? Estudiar una táctica de defensa? Aprender a volar? – Espera..

– Desaparecer? Cambiar de forma? Tirar la basura?

– Calla de una vez! Dioses! No recuerdo como conseguí hacer de ti un mago de provecho..

Agache la cabeza, avergonzado, y descubrí que durante mi enumeración de posibles tareas, Gal-Eorn había escrito unas notas en un pequeño papiro.

– Oh… – Efectivamente.

El rostro del elfo tornó desde una irritación palpable a una ligera carcajada, pasando por una expresión paternal que hizo que me sonrojase aún mas.

– Necesito que transmitas este conjuro al archimago Rickbran. Se aloja cerca de la carpa real, en el campamento que ha construido el ejercito…

– Por supuesto, partiré de inmediato. Bueno, en realidad primero tendré que hacer algo de equipaje, y antes debo recoger mi estudio y darle una llave a Mekad. Oh! Y no he regado las plantas! Debo darme…

– Silencio! Te has vuelto mas voluble con los años? Como es posible, pequeño?

– Yo..

– Era una pregunta retorica. No quiero que le lleves la nota. Acércate..

Avance un paso hacia adelante, pero el magister hizo un ligero gesto con la mano para indicarme que me pusiera casi junto a el. Aún sentado alzaba un pie y medio mas del suelo que yo. Agacho la cabeza y me habló al oído.

– He tenido conocimiento de la presencia de espías en la cuidad. Son pocos, y aún no se ha identificado a todos. Yo estoy demasiado ocupado como para prestar atención a los oídos de las paredes, así que debo tomar una precaución especial en este caso. Este conjuro creara un vinculo mental entre nosotros que me permitirá utilizarte como vehículo de transmisión para lo que debo comunicar a Rickbran. Si te diera esa información, eres capaz de hacerla pública en un despiste lenguaraz de los tuyos.

El rojo regreso mas vivo que nunca a mis mejillas.

– No te preocupes Seedo. Se que eres noble. Yo mismo iba a hacer ese viaje, así que puedes hacer una idea de la responsabilidad que pongo sobre tus hombros, viejo amigo.

– Gracias, Gal-Eorn. Voy a prepararlo todo.

La mano derecha del Elfo se poso sobre mi frente, mientras recitaba en voz baja, de forma casi inaudible, algunos versos en un ritmo melódico.

– Ve en paz, Seedo.

(Continuara…)

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