Blanco sobre gris

Un paso de cebra, un mundo de grises deshaciéndose al moverse y un sinfín de blancas partículas cayendo lentamente, demasiado despacio, cubriendo de eternidad un instante, como una manta cubre a un niño asustado.

Esa era la única respuesta que Richard obtenía cuando rogaba a su mente por algo de inspiración. Cualquier colega estaría de acuerdo en que esa no era la mejor época del año para escribir algo, pero para el se había convertido en un imposible.

Los dos cubitos de hielo terminaron de separarse en la copa, y el sonido del choque contra el cristal trajo la mente de Richard de vuelta a la habitación. Mientras rellenaba la copa con Whiskey, las farolas comenzaron a encenderse en la calle, dorando la estela de vaho que dejaba una pareja sonriente. «Qué extraño sentido del humor tiene el destino», pensó Richard,  «o el melancólico solo tiene ojos para el feliz, o somos marionetas para el divertimento de otro». Sin darse cuenta, se descubrió escribiendo frases sueltas, ideas pasajeras, en la pantalla del ordenador, en un curioso intento de ser encontrado por la obra, y no al revés.

Algo más de una semana después, un viernes cualquiera de Enero,  los días parecían no querer diferenciarse del anterior. La pantalla del ordenador acumulaba esfuerzo y frustración a partes iguales, así que Richard decidió salir a dar una vuelta.

En  las calles parecían confluir dos mundos opuestos, y unos cuantos metros separaban la euforia de un niño mirando un escaparate del abandono de un vagabundo, conversando con su única compañía, una botella de ron cubierta de escarcha. Tras pasear un rato, y empezar a sentir el frio a través del grueso abrigo, Richard decidió entrar al primer bar que encontrase. Apareció al doblar la esquina. La fachada estaba decorada en madera, y unos críos se asomaban a la ventana para mirar con envidia la chimenea que coronaba el centro del local.

Acogedor no era una palabra que hiciera justicia a lo que el local suponía cuando la puerta dejaba atrás el frío y los pensamientos que este despierta. El chisporroteo de la leña ardiendo resultaba hipnótico, y uno podía tardar en darse cuenta que el tenue olor a Vainilla no procedía de la propia chimenea, si no de unas velas situadas en la repisa de aquella.

Richard divisó algunas miradas posándose en el, y fue consciente del tiempo que había estado parado, observando el fuego. Algo avergonzado, llego a la barra y se sentó en una de las banquetas libres. “Una noche fría” dijo el camarero. “De las mas frías que yo recuerde. Alguien debería hacer algo por los que están al raso”. “Sea positivo, caballero. Sabe?  la mente es extraordinaria” concluyó el camarero, con una extraña sonrisa en los labios. “Ehm, si, es cierto” acertó a responder Richard, confuso. Tras observar por un momento la expresión de su cliente, el camarero le pregunto si deseaba tomar algo. “Ah, si, si. Póngame un café solo” indicó Richard mientras apartaba la dichosa frase de sus pensamientos. “Pensaba que le gustaba más el Irlandés” comentó de forma indiferente el camarero, mientras se acercaba a la cafetera. Richard, absorto en la diversidad de botellas que decoraban la pared, repuso casi en un acto reflejo con un “Pues si”, y un instante después giro la cabeza hacia el camarero, observándole, con la boca medio abierta, en una expresión mezcla de sorpresa y desconfianza. “Entonces, solo o Irlandés?” pregunto divertido el camarero. Un seco “Irlandés” puso fin a la conversación.

El local estaba prácticamente vacío, como advirtió Richard al girar la banqueta para echar un vistazo. Un par de ancianos conversaban perezosamente en torno a un par de pintas, junto a la chimenea. A la derecha de la entrada, en una esquina sin demasiada luz, una pareja jugaba a cogerse de la mano y provocar una sonrisa más a su acompañante, entre beso y beso.  En la barra, pocas banquetas mas allá un hombre de mediana edad, con una americana negra y un sombrero a juego intentaba descifrar el destino en una copa de ginebra.

“Demasiado frio para salir de casa” se dijo Richard a si mismo mientras volvía a girar para enfrentarse al vaso de café irlandés. Algo captó su interés mientras lo hacía. En la esquina más alejada del local, en un rincón casi oculto tras la silueta de la chimenea y las sombras, una mujer miraba a la calle a través de una ventana junto a ella. Era rubia, y su rostro, bello aunque con cierta expresión de tristeza, tenía algo familiar que Richard no podía concretar. Justo antes de que girase la cabeza, el se dio la vuelta con un movimiento algo torpe, que le hizo dudar sobre si ella lo habría visto. Unos segundos, un millón de dudas y un trago de café más tarde, Richard se decidió. Cogió el café para ir a hablar con ella, pero tras levantarse y darse la vuelta comprobó que ella había desaparecido. “Juraría que no le ha podido dar tiempo” se dijo a si mismo, algo abatido, y se sentó para terminar el café y volver a casa.

<…>

El reloj anunció la medianoche, y Richard miraba el techo sin poder conciliar el sueño. Hacía ya tres días que había visto a aquella misteriosa mujer en el bar, y desde entonces le parecía haberla visto a diario. Paseando por el parque, en el mercado y en sueños. Siempre ocurría del mismo modo, Richard la divisaba sin ser del todo consciente, y para cuando reaccionaba ella ya no estaba allí. Las explicaciones más absurdas habían ido y venido, y las películas de detectives y asesinos empezaban a ser desagradables.

A la mañana siguiente, el despertador sonó como un médico recordando la necesidad de dormir suficiente. Mientras desayunaba, Richard se asomó a la ventana. Estaba nevando, aunque el sol asomaba entre las nubes. Decidido a aprovechar la circunstancia, se vistió y salió a dar un paseo.

La ciudad rebosaba actividad en homenaje al astro rey. Los niños jugaban con la nieve, entre miradas torvas de señoras que debían esquivar sus lanzamientos mientras regresaban a sus hogares con las bolsas de la compra. Contagiado por la alegría, Richard se detuvo junto a un paso de cebra para echar un par de monedas en la bolsa de un indigente disfrazado de Papá Noel. El pobre hombre agradeció el gesto con un retumbar de su campanilla, y Richard observó que el semáforo estaba a punto de abrirles el paso a los peatones.

Así, antes de poder despedirse del Papá Noel improvisado, la vio. Era ella, otra vez. No desapareció, sin embargo. Las nubes comenzaron a cubrir el sol mientras Richard escuchó un ruido. Giro la cabeza y vio como un coche intentaba frenar, aunque no sabía porque. Todo parecía suceder demasiado despacio. Cuando volvió a girar la cabeza vio como la mujer estaba cruzando el paso de cebra, mientras el semáforo aún lucía un ambar intenso, que contrastaba con el blanco de la nieve cayendo y el gris que había invadido todo al esconderse el sol. Richard se lanzó a la carretera, y grito, con tal fuerza que, ni siquiera el nudo en que se habían convertido su garganta y estomago suponer un obstáculo. Ella le oyo. Le miró. Por primera vez, ella le vió. Sus ojos y su boca comenzaron a abrirse al mismo tiempo, mientras todo se hacía difuso, oscuro y silencioso.

Cuando Richard abrió de nuevo los ojos se encontró en una cama de hospital, con una enfermera observándole con asombro. Un médico observaba como un colega suyo conversaba con un paciente, el que ocupaba la cama más próxima. De vez en cuando el médico espectador miraba con ojos rebosantes de curiosidad a Richard, que comenzaba a estar despejado. El segundo médico se levanto, y Richard pudo contemplar al otro paciente. Embargado por una sensación de alivio, la reconoció. Era la mujer del paso de cebra, la mujer del bar y del parque. Era.. era su mujer. Richard fue consciente por fin de la familiaridad que reconocía en ese rostro. Ella era su mujer. Aún navegando en dudas, le preguntó a la enfermera que había ocurrido, donde estaba.

Esta en el hospital, señor. Tuvieron un accidente coche. Usted conducía y su mujer iba en el asiento del acompañante. Según los testigos, una pareja cruzo un paso de cebra con el semáforo en ámbar y usted debió dar un volantazo para esquivarlos. Ambos, su mujer y usted, han estado en coma durante el último mes. Usted despertó hace tres días, no lo recuerda? Le hemos mantenido relativamente sedado, de forma preventiva. Su mujer ha recuperado la consciencia hace pocos minutos.”

“No, no lo recuerdo” contesto Richard, con una sonrisa dibujada en los labios, mientras observaba al médico que había estado conversando con su mujer, al que también había reconocido. “La mente es extraordinaria, verdad doctor?”.

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2 Respuestas a “Blanco sobre gris

  1. Es una genialidad el final, te deja hasta el final con un nudo en la garganta.
    Tiene pequeñas perlas:
    «somos marionetas para el divertimento de otro»
    «El chisporroteo de la leña ardiendo resultaba hipnótico,…»
    «De las mas frías que yo recuerde. Alguien debería hacer algo por los que están al raso”. “Sea positivo, caballero. Sabe? la mente es extraordinaria”
    «Unos segundos, un millón de dudas y un trago de café más tarde, Richard se decidió»

    Al leerlo parece una novela,
    un abrazo

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